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¡Entregate que estás jaqueado!

Un instituto de enseñanza del juego-ciencia ocupó una plaza de Montevideo. En ella recibe, los domingos, a todo el que quiera unir, al placer del recreo, el de fastidiar a un rey.

Por Fabio Guerra

La dama es más alta que él y de buen peso, pero el pequeño caballero compensa con voluntad la escasez de bíceps. Su abrazo consigue elevarla del suelo y ponerla a resguardo de transformarse en la segura ingesta de un caballo blanco.

El pequeño caballero festeja el rescate de la señora junto al resto de los estrategas rurales que lo acompañan en la partida. Lo de rurales responde a que son gurises del barrio Tres esquinas, en Rincón del Cerro, Montevideo rural. Allí van a la biblioteca El Ombú, integrante de la red de bibliotecas populares de la zona oeste de Montevideo, programa de la IMM en franco desarrollo.

De allí saltaron a esta pocitense plaza Gomensoro, en las antípodas de su entorno diario. Porque este paseo está frente al río como mar, al desfile de un millón de autos, rodeado de edificios paquetos y hollado por gente que viste lindo. Aquí, en esta porción de ciudad desconocida, ellos hacen su juego. Sobre un gran "felpudo" de cuadrados blancos y negros, aprenden con piezas de tamaño casi natural de qué se trata esto de encerrar a un rey, saltar en un pingo, perfilar el alfil, deslizar un peón.

Es domingo, 10 de la mañana. Sólo una adhesión irreductible al ajedrez, más similar empeño en difundirlo, justifican las 16 mesas listas a entrar en acción y el equipo de docentes y promotores del instituto Educajedrez que han copado este lugar. Ayudados por un sol espectacular, que arropa cuerpos y mentes.

El tablero "a piso" de hormigón (dos metros por dos) prolijamente pintado, sobre el cual juegan los visitantes del Cerro, existía hace años en la Gomensoro, aunque degradado por el desuso.

Educajedrez planteó a la comisión de vecinos de la plaza la posibilidad de revivirlo, el organismo enseguida dijo que sí y su presidente, Omar Ferrúa, fue uno de los infaltables a la hora de repintar el tablero y las piezas de madera, gigantes, que felizmente la comisión conservaba.

Hay versiones de que otros paseos públicos montevideanos también disponen de mesas de ajedrez de material -una plaza del Buceo, las canteras del parque Rodó.

Por lo pronto, esta movida que Educajedrez inauguró en la Gomensoro el 16 de marzo se extenderá hasta noviembre, todos los domingos, de 10 a 13 horas. Antes de que lleguen los fríos y las lluvias esperan conseguir un sitio alternativo, y cercano. Al parecer el hotel Ermitage estaría dispuesto a ceder parte de sus amplios salones para esta actividad. "Lo único que necesitamos es lugar, el resto lo tenemos todo", dice Susana Facio, una de las colaboradoras más activas de Educajedrez, que sin embargo no juega. Tampoco juega la joven escribana Adriana González, que acompaña a Susana a distribuir gorritos y folletos de la institución, preguntar a cada curioso que llega si quiere jugar y atender todo lo relativo a relaciones públicas. Ambas son apoyadas, a su vez, por el núcleo de 15 integrantes de Educajedrez -docentes, voluntarios y expertos- dirigidos por Bernardo Roselli.

Bernardo Roselli es un afable flaco de 37 años, lentes, diez veces campeón uruguayo y maestro internacional de ajedrez, que acaba de cargarse un rey al hombro y declara: hemos ganado. La pandilla del Cerro aplaude. Bernardo tiene a la familia metida en esto. Por lo menos dos de sus ocho hermanos -Juan Pablo y Diego- le siguen los pasos. Mejor dicho, las jugadas.

Susana Facio destaca la colaboración que ha recibido Educajedrez de autoridades departamentales, zonales, empresarios privados y madres. El intendente Arana hizo la primera movida de la partida inaugural, el Comunal Zonal 5 apoyó desde el vamos la movida, la Comisión de Vecinos de plaza Gomensoro trabajó para ella, un artesano en madera diseñó y fabricó las mesas con tableros y las sillas las prestó la librería Libros de la Arena. Las mesas fueron financiadas, en parte, por los 100 dólares que donó un grupo de madres.

VALORES EN JUEGO. Me acerco con cautela a la mesa donde dos rubias están "comiéndose" a altas revoluciones (en la jerga ajedrecística, comer o tomar es sacar del tablero una pieza del adversario). Sofía tiene 9 años y Lucía 8 y medio, dice la primera. Sofía mantiene en simultáneo una sonrisa luminosa y un chicle histérico, y cada vez que come o la "comen" lanza un ¡ay! que sensibiliza a toda la concurrencia. Un joven instructor, en el tablero de al lado, intenta convencerla de que la extroversión es mala consejera en estas lides.

Dos mesas más allá un padre llama a su hijo de 10 años -Mateo- y le cede su lugar frente al señor Levin, un vecino de por lo menos 60 abriles. Mateo es campeón sub 10, y el señor Levin lo evidencia comentando: "La que me espera, ahora". Mateo es hijo de Susana Facio. Debería darte vergüenza, estimada Susana, no poder disputarle una al jugador que trajiste al mundo.

"Es sencillo. Como los ajedrecistas se dedican a jugar y profundizar el ajedrez, alguien tiene que encargarse de inventarles proyectos de difusión y extensión de su arte. Ahí entro yo y muchos colaboradores de Educajedrez que no juegan, pero hay que ver lo que trabajan, honorariamente, para esto", explica Susana.

El primer trabajo que promueve este deporte de la mente es con uno mismo, sostiene rato después el psicólogo Andrés Copelmayer, colaborador de Educajedrez.

Conoció este juego cuando tuvo la suerte de participar, como alumno, en la última etapa de vigencia del modelo educativo que procuró instalar la escuela experimental de Malvín. "Cuando aquel proyecto todavía rompía ciertos estereotipos educativos, y pasabas en la escuela todo el día. El ajedrez formaba parte de las prácticas cotidianas."

Toma de decisiones y manejo de las consecuencias, tolerancia a la adversidad y la frustración, autocontrol, activación de la inteligencia situacional, son algunos de los beneficios derivados de mover estas piezas, señala Copelmayer. El trabajo de Educajedrez, además, intenta liberar al juego de ciertos mitos y prácticas discriminatorias que atentan contra las posibilidades de popularizarlo. Como la generalizada consideración de que es apto sólo para "bochos" o, en el mejor de los casos, para ratones de biblioteca (de ajedrez).

También están los que creen que el niño al que le gusta jugarlo rechaza la actividad física, los que sueñan con el prestigio social que les reportará tener un campeón en la familia -aunque no sea de "fóbal"-, y los clubes de ajedrez que se comportan como santuarios y, lejos de acercar a los interesados, los ahuyentan (este periodista entró una sola vez a una de estas cavernas fundamentalistas y, efectivamente, huyó despavorido).

Para atacar éstos y otros vicios el equipo del instituto -y sobre todo Bernardo Roselli- elaboró distintos cursos (principiante, medio, avanzado) por los que el colectivo de alumnos va pasando, precisamente, en grupo, sin privilegios para los más aptos y en un clima solidario, que desdeña la competencia. En los torneos o eventos que organiza Educajedrez, por otro lado, es tradicional el "tercer tiempo", donde entre panchos y refrescos los que fueron rivales se saludan, y comparten la reconstrucción de las partidas para identificar aciertos y errores.

Todos, asimismo, "ganan" algo, sea un diploma, una constancia de participación u otro testimonio que les devuelve un agradecimiento a su presencia en la instancia.

El objetivo de estas dinámicas apunta a eliminar, aunque sea a largo plazo, el estigma competitivo que caracteriza al ajedrez -comenta el psicólogo- y brindarle recursos a las nuevas generaciones para ubicarse de otra manera frente a los conflictos, las angustias que provocan y los caminos de solución disponibles.

Incluso ayudarlos a integrar reglas por la vía del placer que genera el aprendizaje. "Si no sabés las reglas no podés jugar. Aprenderlas es el feliz pasaporte a la participación", subraya Copelmayer.

PIENSO, LUEGO MUEVO. Si nuestros gobernantes hubieran sido ajedrecistas al país le iría mejor, sostiene con humor Roselli, que recorrió buena parte del mundo representando a Uruguay en el tablero.

Porque éste es un juego centrado en la anticipación, la previsión de las próximas tres, cuatro u ocho jugadas, el esquema presente y futuro, agrega.

Roselli trabajó en marketing e investigaciones de mercado hasta que decidió dedicar todas sus energías a un viejo sueño: llegar con el ajedrez a todo el Uruguay. Profesional de la previsión, le pone plazo a esa meta: 20 años. Y contagia la convicción de que lo logrará.

"Con el ajedrez no vamos a arreglar el mundo -bromea-, pero vamos a proporcionar estrategias de pensamiento, de proyección. Nadie piensa, hoy, a largo plazo, acosados como estamos por resolver el día a día. Pero la previsión es esencial, en el ajedrez y la vida. Además, en un país donde no hay oro ni muchas riquezas naturales, nos queda el patrimonio de la inteligencia, que sí tenemos en abundancia. A ella hay que apostar."

Roselli jugó su primer torneo mundial a los 15 años, en Argentina. Allí y en otros lugares encontró una tradición: los torneos importantes incluyen partidos de fútbol fuera de programa, donde los "cerebros" arman terribles picados y demuestran, así, que mente y cuerpo no están disociados, como se empeñó en convencernos Descartes y algunos siguen afirmando.

"En cambio la inversa no se da; los futbolistas no suelen jugar al ajedrez", apunta Bernardo.

Democrático es, también, el tablero. La partida es un encuentro de inteligencias, de talentos, más que de poderes. Por eso hay niños que hacen morder el polvo a veteranos, y adultos mayores que no temen ser vapuleados por un infante. Hasta en materia de géneros el ajedrez reúne, en igualdad de condiciones, a ellas con ellos.

Capítulo aparte constituyen, bueno es reconocerlo, las grandes figuras que en el ajedrez han sido. Hubo obsesivos que sólo vivieron para este juego -como el estadounidense Bobby Fisher- y otros que lo matizaron con otras aficiones intelectuales y científicas (el alemán Lasker era doctor en filosofía y matemáticas, Alekhine era abogado y hablaba perfectamente seis idiomas). Kasparov es un arrogante insoportable que se cree un elegido de los dioses. Intentó hacer carrera política, con rotundo fracaso. "Lo único que sabe hacer bien es jugar a esto", dice Roselli.

La sede de Educajedrez está en Capitán Videla 2784 (parque Batlle), teléfono 709 7172. Hay una página web: www.educajedrez.edu.uy

El instituto ha conseguido respaldos internacionales. Respondiendo a pedidos del interior del país que solicitaron clases por Internet, se comunicó con la academia barcelonesa EDAMI, que dirige el maestro internacional Miguel Illescas. Éste aceptó inmediatamente colaborar y ahora Educajedrez es la entidad coordinadora, para los países latinoamericanos y de habla hispana, de todos los eventos ajedrecísticos que EDAMI organice a través de la autopista informática.

Falta, igual, cumplir con la solicitud de los uruguayos de tierra adentro. Para ello Educajedrez está solicitando la colaboración de algunas empresas informáticas de plaza, que podrían proveer los ordenadores necesarios para atender esa demanda.

En la sede del parque Batlle, entanto, un docente del instituto -Luis Segura- ha decidido teatralizar sus clases, para hacerlas más vivenciales a niños de 5 a 7 años. Parece escucharse a Luisito, desde aquí, gritar: "¡Oh!, ¡soy el rey y estoy acorralado! Favor, dad unos pasitos y venid. Pod favod".

Ésta nota se publicó en Brecha con fecha 17 de abril de 2003
 
 
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Capitán Videla 2784 | Parque Batlle | Montevideo | Uruguay | +5982 7097172 | info@educajedrez.edu.uy